Me sobrecogen, todas las Nochebuenas, la quietud y el silencio de las nueve de la noche, en la plaza que veo desde la ventana, donde unas horas más tarde, a eso de las doce, se produce un atasco alegre de niños dormidos en la parte de atrás del coche, regalos sin estrenar y pies cansados. Pero a las nueve, me gusta observar las calles vacías y las luces encendidas de las casas de mi barrio. Me parezco a la cerillera del cuento, asomándome a las vidas de mis vecinos, a sus árboles de colores y sus familias bailando en el salón. He aprendido a apreciar lo sencillo, lo original, y también lo que solo se disfruta en Navidad. Mi bisabuela bordó el mantel en el que cenamos, mis abuelos compraron…