En francés le dicen rentrée. Una sola palabra-muy difícil de pronunciar, por cierto-les basta para referirse al racimo de emociones que nos asalta, normalmente a finales de agosto, cuando menos nos lo esperamos y mejor nos lo estamos pasando, y consigue aguarnos el final de las vacaciones, anticipando esa vuelta a casa, al trabajo, a la rutina, a la ciudad. A mí, de niña, no me consolaban ni los estuches nuevos, ni la perspectiva de reencontrarme con mis compañeras de clase. Que me arrancaran de mis campos de maíz, de las noches estrelladas, de las zarzamoras y los perros me parecía la peor de las condenas.
Fiel a la niña que fui, siempre he odiado con toda mi alma el final del verano. Hasta que hoy, de repente, he visto…