A primera hora de la mañana, el pantalán solo lo habitan los lobos de mar, los que aúllan a la luna llena desde la profundidad de la noche, los vagabundos, los nómadas a los que les sabe la piel a sal y el pelo se les enreda como las hebras de la tela deshilachada. Ponen la ropa a tender sobre la línea de vida, salen del cascarón como caracoles después de una tormenta, y saludan en alemán, en holandés, en español con acento, a los que invadimos su puerto libre. Nosotros, con nuestro cesto de mimbre y nuestras alpargatas de esparto, apestamos a champú y crema de sol. Nuestros barcos nos esperan relucientes, nuestras velas plegadas, los cabos dormidos, las amarras balanceándose con el ir y venir del agua.
Ellos…