Roma es esa ciudad construida encima de un tesoro. Aquí y allá, cuando se la pasea, el visitante se topa, como por casualidad, con obras de arte de una belleza indescriptible. Al excavar los cimientos de un nuevo edificio, por ejemplo, se desentierran los restos milenarios de algún parque arqueológico y hay que parar las máquinas, señalar el perímetro y olvidarse de construir.
En cierta ocasión tuve la oportunidad de visitar un palazzo del siglo XVI, habitado por una afortunada princesa que, en medio de una reforma, al picar una doble cubierta de escayola, encontró un fresco de Caravaggio pintado en el techo.
Era imponente, la pintura. El artista se había retratado desnudo, en claroscuro y en perspectiva, de manera que, de camino al dormitorio principal, uno pasaba por debajo…