Resulta que ninguna hierba es mala. Ese apelativo se lo hemos adjudicado nosotros, los reyes del jardín. Los que desbrozamos las cunetas y arrancamos manojos de malvas, los que pisoteamos los cardos borriqueros y las ortigas, los que eliminamos la hierba de San Juan, el saúco y el hinojo. Nosotros, los que decidimos qué flor sí y qué flor no.
Y ahora, a estas alturas, me entero de que, en realidad, no existen las malas hierbas sino las plantas espontáneas. Y me obsesiono con conocerlas y las respeto, procuro no aplastarlas e intento retener sus nombres.
Gracias a ellas he aprendido que tampoco existe la mala gente, sino la gente espontánea, que nace en una grieta del hormigón, que se enreda en las farolas, que sobrevive a pesar de estar…