Conozco a la primera mujer viticultora de la Ribera del Duero, Paloma Escribano. Hace unos días disfrutamos en familia -tiene un buen puñado de hijos y nietos-de un delicioso cordero asado y de una botella muy vieja del viñedo que plantó en 1986, cuando hacer vino era cosa de hombres.
Me habló de las dificultades para hacerse respetar, con su metro sesenta, su voz aguda y sus frecuentes embarazos, ante aquellos hombres de campo, que resolvían sus asuntos con palabrotas y apretones de mano.
Ella fue pionera y valiente y se ganó el reconocimiento que merecía. Pero además, tal vez sin proponérselo, abrió el camino por el que hoy avanzan muchas otras mujeres que, como ella, sienten la vocación del vino.
Ya no es un asunto solo de caballeros. Hacer…