Apoco que uno haya sido feliz en la infancia, es fácil que, cuando se convierte en adulto, le queden unos cuantos dejes de niño. Es incluso deseable, porque la vida va primero de ponerse capas, de aprender convenciones y matar la inocencia, para después tratar de quitarse las primeras, desaprender las segundas y recuperar la tercera. Así dicho parece un viaje ridículo (¿quién querría irse para volver?), porque para la mentalidad productivista cualquier cosa que no sea avanzar en línea recta, aunque sea sin rumbo fijo, carece de sentido. Krishnamurti escribió: «Podrás recorrer el mundo, pero tendrás que volver a ti». Y, en esencia, ese ti es siempre el del niño que ve el mundo por vez primera.
Esos dejes de niño cobran múltiples formas. Se distinguen fácilmente del infantilismo,…