Cuando mis hijos eran pequeños, a lo largo de unos cuantos veranos nos lanzamos a la entonces novedosa aventura del home exchange: a través de una web, pionera en aquellos días, intercambiamos nuestro hogar con los de otras familias, y disfrutamos así de vacaciones en una preciosa casa victoriana en el sur de Londres, en un chalet ecológico en la bahía de San Francisco, en una casona de piedra en un pueblo holandés o en una granja a una hora de París. Sin saberlo por entonces, estábamos participando en algo que hoy tiene una etiqueta crecientemente popular: el consumo colaborativo.
¿De qué se trata? De compartir en lugar de poseer. Quien dice compartir dice intercambiar, reutilizar, redistribuir, reciclar o dar una vida alternativa. Y quien dice interacción implica trueque, alquiler,…