Desde sus primeras páginas, Domicilios Simbólicos nos sumerge en un universo de personajes arquetípicos —Equis, Cuadrado, Círculo, Triángulo, Ellos—, que no son simples figuras geométricas sino representaciones de un malestar generacional. La historia se fragmenta en episodios de intimidad y desesperanza, donde la vivienda es siempre más que un techo: es un espacio de opresión, un refugio precario o un anhelo imposible.
Anés escribe con la furia y la lucidez de quien ha vivido las grietas de la modernidad, desmontando con una prosa afilada las promesas rotas de la estabilidad. En su relato, la casa nunca es un hogar; es un panóptico, una trampa, un contrato hipotecario que devora vidas. La escritora despoja a sus personajes de cualquier comodidad y los coloca frente a un capitalismo feroz que se inmiscuye…