“En la iglesia de Santa Clara de Cupertino se celebraba una fiesta en honor de la toma de hábitos de algunas novicias. San José estaba presente, arrodillado en un rincón de la iglesia, cuando las monjas entonaron el Veni, Sponsa Cristi (Ven, esposa de Cristo). Dando un grito habitual en él, San José corrió hacia el padre confesor del convento, un sacerdote de Secli, localidad cercana a Cupertino, que estaba realizando el solemne servicio, le asió las manos… y, finalmente, ambos se elevaron por los aires en pleno éxtasis, el sacerdote sostenido por San José y este sostenido por el mismo Dios, pues ambos eran hijos de San Francisco, aunque uno estuviera a su lado por temor, mientras que el otro lo estaba por santidad”. (Eric Dingwall, Algunas rarezas humanas, 1947).…