Aquí está. Como un Diógenes intergaláctico con zapatillas de tenis, esas que en California se usan todo el año, las mismas con las que calzó a su alter ego infantil Douglas Spaulding (El vino del estío) y a tantos otros que las creyeron investidas de magia (Zen en el arte de escribir). Por aquel entonces, ‘tío Ray’ tenía sesenta años y conservaba aún la sonrisa de ese niño que decía seguir siendo. Profesaba un amor excesivo por los juguetes y por Walt Disney, al que confesó su adicción por los cortos de Mickey Mouse, y recelaba tanto de las nuevas tecnologías como gustaba de todo lo que oliera a ciencia, aun cuando se tratara de, digamos, ciencia especulativa, esa que trataban revistas como Omni y que, como él mismo, tenían…
