William Klein (Nueva York, 1928) acaba de cumplir 91 años y tiene problemas en las rodillas que le impiden moverse con libertad. Pero su memoria, energía, sentido del humor cáustico y debilidad por las mujeres (que, dicho sea de paso, sufrí en carne propia) son los mismos de siempre. Me recibe con su asistente en su apartamento de la capital francesa, donde vive desde 1948. En un salón con vistas al jardín de Luxemburgo, abarrotado de objetos, plantas, cuadros de tintes surrealistas (obra de su mujer, Jeanne, fallecida en 2005) y libros apilados desde el suelo hasta el techo, comienza una entrevista salpicada de preguntas, divagaciones (“Prefiero que me cuentes cosas tú”, me diría varias veces) e incluso compases a capella de Irving Berlin. Pero, como sus imágenes, Bill (como…