Dicen que murió solo, pero no es verdad. Un escritor no muere solo. Cuando ha entregado su obra y su obra ha sido adoptada y devorada por su generación, ya nunca está solo. Anda siempre acompañado. Siempre hay un lector que recuerda un verso, siempre habrá un personaje revivido, una frase repetida. Anda siempre el escritor en la memoria de los suyos. No está solo. Pero lo parece.
Mientras cerrábamos esta edición de Esquire, Rafael Sánchez Ferlosio cogía un taxi hacia un hospital de Madrid, preocupado porque vomitaba sangre. Según nos contó magistralmente Manuel Llorente en El Mundo, unas horas después, desde su habitación, esperando la visita de sus familiares, usó su modesto teléfono móvil para recitar de memoria a un amigo unos versos de Leopardi: “Naufragar me es dulce…
