Arranco a escribir una nueva novela a la vez que llegan los primeros fríos del año. Me lanzo a ella con ganas infinitas y un pellizco en las tripas, como si estuviera a punto de conocer al hombre de mi vida o de saltar desde un trampolín sin llegar a ver el agua, con los ojos tapados, tres volteretas y medio tirabuzón. Me preparo antes, organizo mi estudio. Libros, notas, folios llenos de garabatos, fotocopias, viejos mapas: todo lo que un día me fue fundamental para componer la historia predecesora acaba ahora distribuido en estantes o en el fondo de una gran caja de cartón, listo para entrar al paraíso de los recuerdos.
El nuevo asunto ya anda rodando por mi cabeza, pero, antes de emprender la batalla, necesito abastecerme…