Mi paciente estaba tan preocupado, relatándome su mala actuación en el pasado maratón de Nueva York, que se le acababan las excusas. Con gran dedicación y mimo había preparado su cuerpo y su mente, había observado hasta el más mínimo de los detalles. Había elegido ropa, zapatillas, avituallamiento y hasta animadores propios que unió al gran espectáculo de aquella mañana neoyorquina. Entonces, me dijo una gran verdad acerca de esta mítica distancia. Pero qué ingrata y qué difícil es de dominar. Y qué complicado resulta augurar una marca.
Le habían estimado un tiempo cercano a las tres horas, mediante seguimiento de sus niveles de lactato en sangre, y se mostraba francamente decepcionado por haberse alejado una barbaridad de dichas expectativas. ¿Cómo puede equivocarse tanto la ciencia? Me inquirió, solemne.
Ay,…