La necesidad de exploración siempre estuvo ahí. Nadar, bailar, escalar, tocar el violín… Y correr, claro, pues no hay forma más eficiente para calmar la curiosidad de los espíritus inquietos que entrelazar pasos rápidos. Siendo unas adolescentes Ivana Zagorac y su gemela, Sladjana, son alertadas por un amigo de la familia, asiduo a los triatlones locales, sobre su predisposición genética a esfuerzos de largo recorrido. Escuetas y fibrosas (1,60 m y 45 kg), ambas recogieron el guante y se propusieron descubrir si aquello de coleccionar millas podría llegar a cuajar. La escena tiene lugar en Belgrado. Hace veinte inviernos.
En el momento de redactar estas líneas Ivana acaba de estrenar categoría, F35, y es una de las corredoras más fácilmente identificables del atletismo madrileño. Por su simpatía, por su figura…
