Pequeño, fibroso, medio siglo elegantemente llevado. Hombre de ciencia que no regatea pasiones. Va al choque, directo. El deporte es una llamada que responde con la emergencia de los instintos, no con la serenidad de la razón. El del machaque, el que desacompasa corazones y acuchilla piernas. Nadar, pedalear, correr. Juntos o por separado. Le gusta moverse y, a veces, demasiadas, lo hace en condiciones rocambolescas, como la tarde en que, preparando el Maratón de la Gran Muralla China —su estreno en la distancia, porque si nos ponemos, nos ponemos—, subió y bajó durante una hora las 14 plantas del Ramón y Cajal, el hospital madrileño donde trabaja como facultativo especialista en el Área de Otorrinolaringología desde hace 20 años.
De aquellos sudores por la escalera de incendios recuerda, más…
