A nadie debería extrañar que Arbeloa (Salamanca, 1983, futbolista; como los toreros, nunca se deja de serlo) esté asimilando rápidamente los códigos del citius, altius, fortius . Que se haya convertido en un solvente fondista vocacional. No le apodaban ‘El Espartano’ por cualquier cosa. Se intuía en su gestualidad, la manera de morir en la banda, en su incapacidad para negociar la rendición. Se viene a ganar, o no se viene.
Ahora es distinto, pero es igual. No hay adversario al otro lado con diferente remera, la imagen que devuelve el espejo basta para motivar a un campeón del mundo. Ser un poco mejor cada día, dominar ritmos, susurrar al oído de Filípides que puede contar con su espada. Devuelve a la familia el tiempo invertido en tantas discusiones con…
