“ Todavía quedan jueces en Berlín.” La famosa frase, derivada de una desaveniencia entre Federico el Grande de Prusia y un molinero, cuyo molino molestaba al monarca,1 pues se ubicaba justo al lado del célebre castillo de Sanssoucci, en Postdam, ha sido usada ya en diversas ponencias, ya en varias columnas de opinión, como la confirmación de que nuestras caras instituciones de tutela jurídica efectiva, al menos en Occidente, pueden funcionar… y a veces de manera muy eficiente.
Lamentablemente, para que “haya buenos jueces” no solo se requiere el nombramiento y, en el mejor de los casos, haber seguido la no menos difícil “carrera judicial”, sino que se demanda además la existencia de una persona buena y jurídicamente talentosa, para alcanzar una adecuada aplicación de la norma a un caso…