Después de un rato de pensar en la resistencia que tenemos al cambio y la necesidad imperante de hacerme otro tatuaje, una cosa llevó a otra y me vino a la cabeza mi papá, el verdadero Señor Sarmiento, el que me enseñó a trabajar y curiosamente lo hizo con los autos, no a manejarlos, nunca quiso.
Aprendí de sus entrañas de fierros, de clutches, discos, pastas, gasolina, lijas y trabajo duro sin descanso. En aquel tiempo odiaba hacerlo, pero ahora me parece de lo más divertido, pues ¿qué niño de 11 años se puede jactar de saber desarmar y armar un clutch, de dejar una camioneta completamente lijada y lista para ser pintada o de haber destruido un Datsun con un hacha?
Mi papá odiaba la idea de los tatuajes…
