Es frecuente que los niños de una familia, tras insistir en adoptar alguna mascota, logren convencer a sus padres de comprar una pequeña bola de cristal (o incluso de plástico para que no haya riesgos al limpiarla ellos) o un pequeño acuario para empezar, con un par de peces de colores. Al fin y al cabo, los progenitores no encuentran en los peces las objeciones que plantea ante otro tipo de mascotas: apenas ocupan espacio, no hacen ruido, no huelen, no hay que sacarlos a pasear, no nos despiertan de madrugada con sus cantos… Conforme pase el tiempo y esos peces se adapten bien al nuevo hábitat, sin apenas dar trabajo ni preocupaciones, va surgiendo la curiosidad o el capricho de ampliar y decorar mejor el acuario, introduciendo más peces,…
