Pocas cosas tan placenteras como una comida. Ese momento casi mágico en el que paladeamos, saboreamos y digerimos distintos alimentos preparados de mil formas diferentes, casi tantas como la imaginación puede fabular. Si nos alejamos de las comidas por necesidad, aprisa y con el tiempo contado, el resto son, para nosotros, un paraíso donde se para el tiempo y se evoca casi lo mejor de la humanidad. Es en ese entorno (restaurante, hogar…) donde en una mesa, reunidos amigos, familiares o conocidos, nos alimentamos no solo de las componendas de los platos, sino de las relaciones que nos unen.
Esa unión está afianzada más aún por el vino que suele regar la alternancia de viandas, ese elemento que conjura a los comensales y vuelve voluptuosa no solo la comida, también…
