Sin siquiera saber muy bien cómo cogerlo en brazos, apareces en casa con tu retoño y sin ningún pediatra ni matrona delante. Es una sensación inquietante, un abismo, una responsabilidad nueva y extraña y, sobre todo, un miedo más abstracto que la obra de Chillida. ¿Ya está? ¿Tengo un bebé y esta es mi vida, mi familia? ¿Qué hago ahora?
Se supone que sí. Que esto es lo normal, que esta es tu vida a partir de ahora. De repente, absolutamente todo –incluso lo que hasta hoy era imprescindible– pasa un lugar muy, muy, muy, muy, muy, muy secundario. Porque absolutamente todo orbita en torno a una masilla humana de tamaño mínimo que ni habla, ni opina, ni trabaja, ni cotiza a la Seguridad Social... Nuestra niña, nuestro niño, se…