El hombre estuvo trabajando para el patrón tumbando selva, en tierra de indios bravos. A veces los veía asomarse entre la espesura, con su peculiar corte de pelo y su atuendo escueto. Una mañana, al llegar, encontró dos palos clavados en forma de equis, una advertencia a la que el patrón, a quien informó con zozobra, no dio crédito. Siguió trabajando y cayó enfermo, ¿víctima del embrujo? Bides Guerra recuerda que cuando lo vio por primera vez parecía devorado por la lepra. “Yo ya no quiero más nada”, se lamentaba el enfermo. “Yo espero la muerte ya, porque ningún hombre, ni médico, ni las iglesias, me han curado”. Cuenta Bides que lo conoció cuando aún no era curandero, aquel habría de ser su primer paciente, su primera curación. Sin saber…
