Son las 5 de la tarde, cae el sol, es hora de consulta en casa de doña Angélica, en la comunidad indígena de San José, a las afueras de Leticia. En la cocina de paredes de madera y techo de hojas de palma, sin ventanas, una bombilla de luz naranja ilumina débilmente la escena: junto a una rústica mesa doña Angélica unge con agua florida, perfume imprescindible en sus curaciones, el pie hinchado de una joven mestiza.
“¿Te diste un golpe?”, pregunto a la joven. Ella niega tímidamente; la mujer que la acompaña, tal vez su madre, explica: “Eso no fue golpe. Eso es mal de gente”. “¿La llevó al hospital?”, pregunto. “El médico le dio remedio pero se puso peor. Eso es mal de gente, en el hospital no…
