Federico, a los 18 años, sólo quería ser feliz. No pedía más. Claudia, un poco menor, estaba realmente conectada con lo esencial. Después de las vacaciones por Córdoba, juró nunca renunciar a la simpleza de la Sierra. Juntos, llenos de amor y totalmente vaciados económicamente, dieron comienzo al camino de la vida como pareja.
Pero no cumplieron el itinerario de sus sueños sino el de la sociedad. Para ser felices era necesario acumular información, estudiar una carrera, tener títulos, papeles, palabras de otros que, puestas en sus bocas, parecieran importantes conceptos; después tendrían que comprar un departamento para tener un nido digno, aunque quedaran 15 años encarcelados económicamente.
■ Ellos mismos, ya contaminados, concluyeron que, para ser felices, tendrían que llenar ese hogar de aparatos, autos, libros, cosas muertas y…