Con su 8½ Fellini inaugura un nuevo género en el cine, el de la queja, en sentido poético, la del director abrumado por el peso de su hacer cinematográfico, de su éxito, de su genio, o del miedo a no serlo, de una vida privada y afectiva que no alcanza a servir de contrapeso a la carga de obsesiones que lo persiguen. El camino que Fellini abrió lo han seguido autores como Truffaut, Arthur Penn, Fassbinder, Bob Fosse, y otros, no tantos, todos realizadores rabelesianos, como Greenaway (8 ½ mujeres), el más obvio.
Tenía que tocarle el turno a Alejandro González Iñárritu, el primer director mexicano que ganó no sólo un Óscar, sino hasta dos, emigrado a Hollywood, excesivo y siempre dispuesto a jugar apuestas creativas que encantan a sus…