En su reciente libro, El amante polaco, Ele-na Poniatowska escribe parte de la saga de su aristocrática familia e intercala escenas de su propia vida. Al final de uno de los últimos capítulos pone:
Soy joven, sonrío a todas horas, río con facilidad. Una tarde, a media clase, el Maestro se yergue amenazante, flaco, los cabellos parados, un palo también dentro de su pantalón. “Usted es un pavorreal que ha venido a pavonearse a un gallinero”, me espeta. Su cuerpo, la expresión de su rostro, se distorsionan, es una calavera de José Guadalupe Posada absolutamente distinta a la que admiré hace unos días; no sé si grita; camina como enjaulado. Me acerco a la puerta. “Ah; no, no es tan fácil”, amenaza. Y pago por subir las escaleras con tanta…