El cristianismo ideó un lugar, seguramente sacado de las mazmorras, los tormentos y las ejecuciones del Imperio: el infierno. La palabra misma es de origen latino (lo que está más abajo del suelo) y no evangélico. La única vez que Jesús habló de un lugar parecido lo refirió al Gehena (Gehena Hinnom, el Barranco de Hinón, un estercolero donde se quemaba la basura). Según la teología, el infierno será el único sitio donde, al establecerse el Reino, el gobierno sobrevivirá con un carácter penitenciario.
Desde hace décadas el país se parece a él (desapariciones, fosas, descuartizamientos, extorsiones, secuestros, terror). Ausentes del Reino, pero minada la gobernanza, cuyo presidente reduce la criminalidad a un asunto de niños en fase anal (“fuchi, guácala”), a un problema de guardería (“abrazos, no balazos”; “piensen…