Todo pasa y, sin embargo, nada sucede: muertes, desapariciones, corrupción, impunidad, y los gobiernos y las partidocracias continúan sin inmutarse, como si estuviéramos en un estado de normalidad y lo único que importara fuera la disputa electoral de 2018. A pesar del horror, de las denuncias y evidentes colusiones de gobernadores, presidentes municipales y policías con el crimen organizado, todos los funcionarios, con excepciones de bajo nivel, terminan sus periodos para, luego, en una enredada red de pactos de impunidad, obtener impunidad y huir. El sistema simulará que los persigue o, si sus tropelías no son tan sonadas, los acogerá y reubicará como la Iglesia acomoda a sus pederastas.
El caso más claro es el de Morelos. No obstante los espantosos hallazgos de las fosas clandestinas de Tetelcingo y recientemente…