En el calendario mítico, en el calendario profundo, en el calendario de Dios, cada nuevo año es una renovación de la vida. Por ello Occidente hace coincidir la fiesta de la encarnación, la fiesta de la navidad y de la redención con el año nuevo. Dios, dice ese calendario, entró en el mundo y con él –que, según Nicolás de Cusa es la coinidentia oppositorum, es decir, “la unidad de todos los contrarios” – la vida se renueva en el amor. De allí la felicitación, la bendición, la celebración.
Por desgracia, ese calendario, que sigue operando en el imaginario de la gente, se ha vuelto un mero decorado en el calendario de la vida política y social. En el fondo, desde hace tiempo, bajo las formas vacías del calendario…