Como si llegara del campo o fuera a la playa, vestida con blusa y falda de tela áspera, de un solo azul la blusa, de muchos azules la falda floreada, Jane Fonda desayuna con apetito. Sin maquillaje, dueña de su rostro, se incrusta una margarita entre los cabellos cuando su pequeño hijo se la ofrece. Se miran, se gustan, se abrazan, se besan, se miman.
Frente a la pareja, el embajador Lucey asiste a la escena con la complacencia del anfitrión. Tom Hayden, al lado de su esposa, pretende conservarse a distancia, pero envuelve a la mujer cuando le aproxima un cubierto o pone a su alcance el azúcar.
Una época ella fue Barbarella, alucinante en su desnudez, los pósters en el mundo eternizándola íntegra y púdica, los brazos sobre…