Entramos a un gran ruedo, subimos por las gradas. ¡Qué horror, pelea de gallos! –digo.
–¿A poco está Juan Gabriel en Texcoco?
El local a reventar. Miro a los 360 grados que me rodean. En el escenario, los galleros llevan entre sus manos a los hermosos animalitos; mi vecino explica que al tercero sólo lo utilizan para azuzar a los peleadores: los acercan y se les encrespan las plumas del copete. Una muchacha narigona, muy, muy hombruna, con no mal cuerpo, le va al rojo, mienta madres con ademanes groseros, sonríe, se sienta, se levanta, le grita a los de adelante, a los de al lado, a los de arriba. Un hombre canoso carga al rojo, mientras el de bisoñé, serio como un médico y teatral como un mago, revisa…