Hace mucho tiempo, en el verano de 1825, a un joven llamado Charles Darwin le dieron dos opciones: convertirse en aprendiz de médico o convertirse en aprendiz de médico. (Ok: en realidad fue una sola y no era opcional).
Por lo que, aunque no le gustaba, en octubre, su padre envió a Charles a la Escuela de Medicina de la Universidad de Edimburgo junto con su hermano Erasmus.
El problema fue que Charles encontró las clases aburridas y las cirugías le daban más susto que un maratón de películas de terror, así que, en lugar de estudiar, aprendió taxidermia, que es el arte de embalsamar animales —mucho más emocionante, pensó él—.
En su segundo año, Charles se unió a un grupo de estudiantes fanáticos de la historia natural que debatían…