«La idea de que todos los días deberían ser festivos me pareció un descubrimiento maravilloso», escribió Hemingway en su libro París era una fiesta (1964). Aquel descubrimiento floreció en sus caminatas por los muelles del Sena, sus lecturas en su café favorito, Le Closerie des Lilas, contemplando las pinturas de Cezanne con el estómago vacío, comiendo, enseñando a Scott Fitzgerald a beber vino a morro o apostando sus escasos ahorros en las carreras de caballos. Y todo eso, despojado de ninguna otra obligación que la de vivir, sin más horizonte que el cuaderno y el lápiz al que decía pertenecer, sin horarios, sin plazos, escribiendo cuentos que no leía nadie, perdiendo la noción del tiempo hasta el punto de que hasta la primavera le pillara desprevenido. Nada hay más…
