Medir el tiempo no siempre fue suficiente. A veces, lo importante era detenerlo, dividirlo, atraparlo en plena acción. Así nació el cronógrafo: una de las complicaciones más admiradas de la relojería mecánica, símbolo de precisión, control y dominio sobre lo fugaz.
Más allá de su utilidad funcional –medir intervalos de tiempo a voluntad–, el cronógrafo representa una forma de relación con el tiempo que es activa, decidida y emocional. No se limita a registrar el paso de los segundos: lo observa, lo enmarca, lo congela cuando hace falta. Quizá por eso ha sido el compañero ideal de pilotos, buzos, ingenieros, atletas o científicos: todos ellos, en algún momento, necesitaron saber cuánto duró algo con exactitud.
Desde su aparición, esta complicación ha evolucionado tanto en el terreno técnico como en el…
