Aunque no siempre los teólogos y miembros de la jerarquía de la Iglesia actuaban con tanta firmeza y crueldad, admitiendo que la locura estaba presente en muchos casos, en numerosas ocasiones, sin embargo, reconocían que las personas que manifestaban tales síntomas podían estar manteniendo de forma secreta algún pacto o trato con el diablo, es decir, que se dedicaban a la brujería. Los implacables confesores deducían que, debido a ello, estos herejes caían víctimas de una posesión demoníaca. Si dichas personas terminaban siendo juzgadas por el Santo Oficio, su destino era casi inevitable: la muerte. Lamentablemente, esta actitud fanática e intolerante contra individuos que solo sufrían alguna psicopatología o trastorno neurológico duró siglos.
No sería, pues, hasta el siglo XVIII, en plena Ilustración, cuando se intentó poner freno a todas…