CORRÍA UN DÍA DE ABRIL DE 1624 EN EL PRINCIPADO DE PATERNÓ, EN LA ISLA DE SICILIA, CUANDO EL JOVEN ANTÓN VAN DYCK SE DIRIGIÓ AL LABERÍNTICO BARRIO DE SERALCADI EN BUSCA DEL PALACIO LOMELLINI.
Había llegado a la isla para pintar a Enmanuel Filiberto de Saboya, nieto del extinto Felipe II, después de visitar en largas temporadas, Venecia, Parma, Florencia, Roma... En el ritual inciático de los pinceles, acompañado, a menudo, por César Vecellio, pariente de Tizziano, su pintor favorito. No buscaba a pintor alguno del que recibir lecciones, ni a quien ofrecerlas. Ni siquiera estaba allí para rendir sus respetos a Orazio Lomellini, que desde 1615 ostentaba el título de embajador de Génova en Palermo. En la ciudad ligur, Antón van Dyck había tenido ocasión de retratar a…
