No se recuerda lejos de pinceles y pinturas, pero confiesa, en cambio, que la idea g e rmi n a l d e AZarraluqui, su marca, no fue suya sino de su ex suegra: “Ella, en un tiempo entre trabajos, me apuntó a una escuela de cerámica. Y me encantó. Tanto, que acabaría haciéndome con mi propio horno y convirtiendo mi casa en taller”. Hace ya casi una década de aquello, y Andrea –durante años responsable de la comunicación de un gran grupo hotelero– se dedica hoy por completo a sus vajillas pintadas a mano. “Siempre hay un vértigo al dejar un buen trabajo estable, pero hacer lo que te gusta entraña un riesgo que vitalmente merece la pena. Y la madurez es clave para tomar este tipo de decisiones”.…
