Concebirle fronteras al arte es algo tan vano como, siguiendo el dicho popular, tratar de ponérselas al campo, aunque, por otra parte, sea también cierto que muchos espacios expositivos no ayudan a super a r l a t r ad i c iona l b a r r er a obra-espectador. Eso es precisamente lo que Bombay Sapphire, de la mano de cuatro cómplices multidisciplinares –el diseñador Mau Morgó, el estudio de videoarte Eyesberg, el virtuoso y compositor avanzado Francesco Tristano y el maestro cóctelero Marc Álvarez–, pretende (y consigue) en su The Art Room, una obra de arte en sí misma en la que el visitante pasa de sujeto pasivo a, literalmente, interactivo objeto arty.
Difícilmente descriptible con palabras –como, en el fondo, el verdadero arte–, la experiencia consiste…