Bajo mis pies, las calles suben y bajan serpenteando en una ciudad que no habría pensado tan llena de colinas; entre ellas, las cúpulas de los templos, las mezquitas, los hammams, los restaurantes y los mercados me invitan a pasar, a probarlo todo.
Ahí estaba, paseando por sus calles, queriendo verlo todo en cinco días: haciendo un absurdo esfuerzo por aprender el idioma, comprender su complejísima historia y sentirme un poco turca; más que del nombre –Eda, al parecer de origen balcánico, pero incorporado al turco–, esperando poder así entender, aprender, absorber, experimentar más sobre ese país del que llevaba la vida entera escuchando: Turquía.
Estambul es una ciudad especial, marcada por una geografía, una historia y una simbología únicas. Comprenderla en su totalidad significaría conocer a fondo esos factores,…
