Raphael. Eterno, infinito, inagotable, único, irrepetible, colosal…. Cualquier adjetivo, por muy exagerado que parezca —y por muy exagerados que parezcamos, perdónennos—, le queda corto. Cuando reapareció en el teatro de Mérida, España, en estas mismas páginas satinadas describimos su presencia imponente sobre el escenario como la de un Imperio romano que no sucumbe jamás. Raphael es de otro tiempo. ¿No será que el uranio de ese disco, por los 50 millones de ejemplares vendidos, lo ha convertido en un superhéroe? El traje, siempre negro —como el de «Batman»—, ya lo tiene; la broma, el que suscribe también se la ha hecho ya varias veces… Pero este niño grande de Linares, según quien nunca se deja de aprender, no responde. Se ríe con retranca, con disimulo, a sabiendas de que la…