EN el fondo de la garganta del río Dulce, cien metros por debajo del páramo que la rodea, habita un fantástico bosque de ribera, formado por sauces, álamos y fresnos, que en otoño ofrece un espectáculo inigualable. En zonas húmedas pero alejado del cauce del Dulce, prosperan además grandes ejemplares de Nogal y una extrañeza botánica en estas latitudes, el arce de Montpelier, que con sus tonos anaranjados y rojizos ponen una nota de color aun más intenso. Los quejigales, con ocres que a veces se mimetizan con los paredones rocosos, ocupan los escarpes donde hay suelo suficiente como para agarrarse, mezclándose en ocasiones con encinas, ya en zonas de solana, y con enebros y sabinas en las partes más altas, poniendo sus versiones de tonalidades verdes en el mapa…