NO ESTARÍA DE MÁS QUE, APROVECHANDO el 14 de febrero, los varones nos acordáramos de esas mujeres a las que llamamos “nuestras”, y a las que en realidad pertenecemos. Que, al menos por un día, pusiéramos al pie del altar (ese altar en el que, teóricamente, las colocamos a ellas) las flores y los dones con los que les pedimos que se congracien con nosotros, que disculpen nuestras desatenciones, nuestros olvidos y todo ese mal humor que solo, patéticamente, nos atrevemos a descargar cuando llegamos a casa. Podemos bien aprovechar ese día para ofrecerles una muestra, un símbolo al menos, de lo mucho que cuentan para nosotros, aunque tantas veces no lo parezca. Las amamos, las adoramos incluso, son esenciales en nuestras vidas, y lo son desde mucho antes de…
