Hay un momento impactante en la comedia negra del 2014, Calvary, en el que Domhnall Gleeson, un asesino impertinente y escalofriante – un caníbal, de hecho – casi se roba el estrellato de su padre, el siempre magnífico Brendan Gleeson, en el papel protagónico de un sacerdote irlandés. Para ser honesto, no sé cómo le hace – sólo aparece tres minutos en la película. Pero eso es lo que hacen los grandes actores de personajes. En vez de interpretar a héroes lineales y sin complicaciones, optan por papeles más ambiguos, extraños, con muchos matices: los marginados, los fracasados, las almas en pena. Dejan al hombre común a las estrellas de cine mainstream, con sus dientes perfectos, sus enormes bíceps y sus bronceados que les duran todo el año.
Más allá…
