En los albores de la escritura los defensores de aquella nueva forma de comunicar no lo tenían nada fácil. Debían competir con un mundo acostumbrado durante milenios a transmitir las ideas, los miedos, las tradiciones y las condenas de manera oral; a aprender de memoria largas secuencias de palabras rítmicas y rimadas en las que yacía la sabiduría. Era más fácil canturrear un texto que escribirlo, conservarlo, aprender a leerlo, copiarlo... Uno de los libros más bellos que he leído en mi vida es El infinito en un junco (Irene Vallejo, Siruela, 2020). Es un viaje histórico, poético y personalísimo a los orígenes de nuestra pasión por el texto escrito, por el papiro, el cuero, el papel, el lomo, la imprenta, la tinta...
Los seres humanos nos hemos ido acostumbrando…
