Todo comenzó el año 1608, cuando María de Ximildegui, una sirvienta que había venido de Francia, de la región del Labourd, que había sufrido una brutal fiebre inquisitorial, acusó a María de Yureteguía de realizar prácticas de brujería. Desde ese mismo momento, una ola de terror azotó la región, provocando un aluvión de acusaciones.
El pánico colectivo fue alentado por los sermones combativos de algunos clérigos, y las denuncias siguieron la misma tónica que los conocidos procesos europeos. Los testigos referían casos de vuelos nocturnos, aquelarres, encuentros con el demonio, ungüentos mágicos y pócimas para realizar todo tipo de maleficios. Una relación publicada en 1611 y realizada por el impresor Juan de Mongastón, ha permitido que dispongamos de una detallada descripción de los hechos. Destacado fue el papel del inquisidor…
