Es raro que sienta miedo. Los que me conocen saben que sólo temo a las mujeres, y poco más. Pero aquel día, en la ciudad de Aksum, en Etiopía, sucedió algo singular, y sentí miedo. Nos hallábamos a las puertas de la iglesia de Santa María de Sión, donde, supuestamente, se guarda el Arca de la Alianza. Pues bien, tras no pocos esfuerzos, conseguimos hablar con el atang, al guardián de la citada Arca, Abba Tekelu. Y el anciano terminó por fijarse en el anillo de plata que encontré en el mar Rojo, y que siempre me acompaña.
–Ese anillo es especial –afirmó–. ¿Puedo verlo?
Dudé, pero, finalmente, lo puse en sus manos.
–¿Me lo regala? Las cosas de Dios deben estar con Dios…
Me negué, claro. Y el anciano…
