Las cortinas, blancas. Los cojines, de lino, de algodón, ojalá en colores naturales. Que haya cestos de fibras, claro. Alfombras tejidas o de yute, que suman textura y son tan agradables. Un ramo de flores en la mesa. Que la casa huela a limón, a hierbabuena, a limpio. Las ventanas abiertas, la cama con sábanas blancas de algodón 100% (y de muchos hilos), como aquellas del pueblo, de nuestras tías y abuelas. Las mesas, grandes y con toda la vajilla antigua que tenemos guardada durante el año, listas para compartir. Vigas de madera, puertas centenarias, mesas tocineras, encimeras de mármol, cazuelas de cobre y de hierro fundido, jarrones de barro, damajuanas heredadas… Una casa de verano es todo esto y más. Es un lugar donde volver al origen, un espacio…
