Joaquín Sabina ha estado varios meses despidiéndose, desde el escenario, y eso es faena imposible, si nos ponemos serios, porque él está en nosotros para siempre. Ha escrito nuestros goces y nuestras penas, o sea, nuestras mejores o peores noches, con lo que no tenemos mejor biógrafo de lo nuestro, que ha sido a menudo lo suyo. Así se ha cumplido, durante décadas. Yo he estado en varios conciertos de esta despedida a lo largo, y los afectos que levanta entre el gentío resultan inolvidables. Ahora está de moda la palabra transversal, que me sirve para encerrar a su público, al que en rigor no hay palabra que lo encierre. Ahí están los golfos prejubilados, las peluqueras alegres, los padres modernos, los hijos descarriados, los notarios del alba, y las…